lunes, 19 de mayo de 2008
Equilibrio
miércoles, 14 de mayo de 2008
Ajedrez
Entrando a la facultad de Ciencias Económicas vi a dos chicos jugando al ajedrez. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, para no desconcentrarlos, y después de ver el tablero durante cinco segundos, dije:
- A3, B5 –y me fui caminando igual que como llegué, pero sonriendo como un idiota e imaginando lo que ellos pensarían de mi.
¿Me habrá hecho caso el que tenía que mover? ¿Habrá tenido la posibilidad de hacerlo? Si movió como yo dije, ¿habrá sido un buen movimiento o le cagué el partido?
Pero por sobre todas las cosas, yo que de ajedrez no sé nada... ¿existe la posibilidad de ese movimiento?
Diario íntimo virtual
Cuando era chico siempre quise tener un diario íntimo, pero nunca lo hice para no ser tildado de “rarito”, en el mejor de los casos. Demasiado tenía ya con ser petiso, usar aparatos y tener carita de bueno... ¿encima iba a tener un diario íntimo? ¡Me mataban! Era como disfrazarme de mujer e ir a golpearle la puerta a Marcelo Mario Sajén; como ser un plato de fideos en Ruanda. Era suicida como caminar con poncho y bombacha de gaucho por la plaza de Mayo. No, definitivamente no podía tener un diario íntimo.
¿Qué hacía? Lo obvio, evidente, lo que cualquier persona con dos dedos de frente hubiera hecho: reprimir todos mis sentimientos, y cagar a trompadas, junto con el resto del curso, al maricón que tenga un diario íntimo. Además, le sacábamos la cartuchera y la tirábamos al ventilador; lo alzábamos humillantemente (yo no lo hacía, pero festejaba la osadía del que sí se animaba); le escondíamos la mochila, etc, etc, etc. ¿Cómo se le ocurría tener un diario íntimo siendo varón? Aclaro, nuevamente, que yo NO tenía uno, quería tenerlo, pero no lo tenía.
Afortunadamente, muchos años después alguien inventó una especie de diario íntimo virtual que no sólo sirve para escribir lo que uno siente, sino que además, todo el mundo puede verlo. ¡Encima está de moda! Igual que ser pelado o gay. El tipo que más minas levante debe ser gay, pelado y con un blog donde cuente su vida privada.
Estas son las pequeñas y dulces revanchas que da la vida. Ya no tengo que reprimirme, no tengo que pegarle a alguien que hace lo que a mi me gustaría hacer, no tengo que llorar durante el recreo encerrado en el baño.
Justo ahora está de moda el blog, y esta es una de esas pequeñas y amargas paradojas de la vida. Justo ahora está de moda, cuando no tengo nada que decir.
domingo, 11 de mayo de 2008
Una de dos
Necesitaba estar solo, así que me fui a caminar por el parque. No había nadie. Era día de semana, a la siesta y hacía bastante frío. Enroscado en pedazos de algodón y lana, paseaba por el medio del parque a paso lento, pensando y mirando los árboles y autos que a lo lejos tiraban humo por el caño de escape. Casi lo mismo hacía yo por la boca, tirando un humito blanco, como si fumara.
En medio de mi soledad, aparecieron dos tipos de unos 25 años, que vinieron a sacarme de mi preciado estado. Uno tenía un gorrito de lana, una campera azul, y como cuatro buzos. El otro, simplemente un sweater y campera de jean.
- Dame la plata y el celular- me dijo el más abrigado de los dos, motivo por el cuál se lo veía más grandote.
- Eh, loco, ¿las dos cosas querés? Mirá –le dije sacando el teléfono-, es un celular sin cámara de fotos, ni mp3. Es medio viejo, está gastado acá atrás. Encima, cuando lo abrís parece una reposera o un diván...
- Basta, flaco, callate la boca y dame la plata y el celular o te rompo...
- Pará, pará pará –lo interrumpí-. Vamos a hacer una cosa; les propongo un juego. Se llevan este celular que están viendo o, chana na nán... la plata de la billetera, pero sin los documentos.
Una trompada en la panza me hizo soltar el celular y el aire. Otra en la cara, me tiró al suelo.
- ¡Qué te hacés el Susana Giménez, che infelíz! –dijo el que parecía más flaco, y agarró mi teléfono.
- ¡Esperá, dejame el chip que lo necesito para trabajar! –imploré antes de que se vayan.
- ¿Qué te crees que nosotros no estamos trabajando? –dijo el más grandote, y me tiró una patada a las costillas, que yo hábilmente intercepté con la rodilla derecha.
Los vi irse trotando como si hicieran gimnasia. Yo desde lo más profundo de mi ser esperaba que los haya visto un policía. O que los atropelle un camión de la basura.
Miré hacia todos lados, buscando a un testigo o a un policía. No había nadie. Me levanté, y cuando me limpiaba un poco la ropa, me di cuenta que todavía tenía la billetera en el bolsillo. Ja, solamente se llevaron el celular, pensé; y decidí que era un buen momento para abandonar el paseo, y volver a mi casa, con los cinco pesos en la billetera.